MEMORIA TERMINATA [-XIV-]

Mezcla con ganas, no tengas miedo. Acércate, vamos, ya has dado unos pocos pasos antes para tenerlo entre tus callosas manos. Así, así… no pierdas el ritmo. Coge un poco de aquí, otro poco de allí y si puedes también de más allá. Agarra con ansia, todo lo que puedas, con la mano bien abierta y el puño tenso como las cuerdas de un violín.

¿Lo tienes? Perfecto. Eso es todo lo del exterior. Gris, apestoso y tóxico. También verde, reconfortante e ilusionante. Es una mezcla, recuerda. Cabe de todo.

Ahora que lo tienes latiendo entre tus manos, añade un poco de ansiedad personal: los problemas del día a día, las dudas sobre tu futuro, sobre tus decisiones y actitudes, tu sempiterna inseguridad. Haz un pequeño montón compacto con todo ello y añádelo a lo anterior. El latido acompasado adquiere fuerza, casi se podría decir que empieza a respirar con el ahínco del recién nacido que se abre paso con estruendo a su nueva vida. El calor en la palma de tus manos te fascina y aterra a partes iguales.

Ese ser que se halla en tus manos es el mundo actual, un galimatías que muchas veces es insoportable y otras arrebatador. Un mundo, ya muy viejo, que sufre en sus huesos un desmoronamiento ordenado, una demolición controlada que nos sacude por todas partes mientras nos permite, de vez en cuando, vivir la grandeza que todavía conservamos en nuestro interior. Somos habitantes de un planeta que agoniza por nuestra culpa, por esa manía del ser humano en no abrazar la grandeza, la eternidad. Nos empeñamos en hacernos pequeños, básicos, mezquinos y deleznables.

Leer periódicos se ha convertido en un ejercicio de cinismo: están empecinados en demostrar quién es más tendencioso de todos. Meterse en redes sociales, una locura: las guerras de ego y dialéctica basada en la negación del otro campan a sus anchas. En nuestro día a día, nos rodeamos de quienes opinan como nosotros y perdemos la verdadera perspectiva de la realidad. Nos atrincheramos en burbujas imaginarias que nos separan de los demás. Debatir parece pasado de moda, dialogar suena a lengua muerta. Los que son conscientes de ello asisten impotentes a un drama teatralizado en no sé cuántos actos, pero que irremediablemente tendrá un final.

La esperanza se está convirtiendo en un preciado tesoro cada vez más esquivo. Ojalá no sea demasiado tarde para conseguir que no se vaya de nuestro lado.

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