“NUEVA NORMALIDAD”

Primero fue la expansión del virus en Wuhan, región de China. Después, su llegada a Europa entre dudas y escepticismos. Más tarde, el estallido de la pandemia. El estado de alarma. La cuarentena. De repente todo el paradigma mundial cambia, el planeta frena en seco y Occidente afronta su peor crisis desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Los ciudadanos nos resignamos a meternos en nuestras casas a esperar, a que la famosa curva “se aplane”. Y en aquellos extraños días de mediados del mes de marzo nos preguntamos qué pasaría después.

Ya nos encontramos iniciando ese después, una sucesión de fases (0-1-2-3) que nos acerca más a una distopía que a eso que la opinión pública ha convenido en llamar nueva normalidad. De un día para otro lo viejo adquiere un barniz renovado, las calles que transitábamos tranquilamente hace dos meses ya no son las mismas; las tiendas de siempre son ahora otra cosa. Nuestros rostros convertidos en puerto de entrada del virus, al igual que nuestras manos. Mascarillas y guantes erigidos como nuevo canon de belleza. Lavarse las manos ya es más importante que respirar. El principio del siglo XXI ha muerto, ¡viva el nuevo siglo XXI!

Pero, ¿realmente será nuevo el mundo que quedará después de este virus?

Me inclino a pensar que lo que llamamos nuevo es en realidad una evolución, un ajuste de piezas que todavía no acertamos a entrever, pero que resulta casi imposible que termine por ser algo que nunca antes se haya visto. A lo largo de la Historia ha habido otras pandemias, y el curso de los acontecimientos siguió más o menos el mismo guión. Las guerras no terminaron con la Peste Negra, ni las desigualdades se eliminaron una vez se superó la Gripe Española. ¿Será diferente con el SARS-CoV-2 (a.k.a. Coronavirus)?

Puede que haya algo que sí haya cambiado, al menos en nuestras mentes: la sensación de ser invencibles. Nuestro mundo moderno ha estado avanzando a un ritmo endiablado dando por hecho que ya nada podía detenerle, que era inmortal e imparable. Nuestro modelo económico estaba obviando hasta un punto grotesco que el planeta sobre el que se sustenta podía aguantarlo todo. Para adelante, sin frenos. A mitad de la década pasada ya casi se daba por hecho que la inmortalidad humana era inevitable. Factible y no sólo ciencia-ficción. Y si eso era posible, el modelo capitalista tenía manga ancha para expandirse sin limitaciones de ningún tipo.

Pero parece que sí hay muros. El Universo es infinito (parece ser), y nada más puede serlo. Hasta los agujeros negros tienen un principio y un final. Nuestra sociedad también. Resulta curioso que un simple virus, que todos los científicos coinciden en admitir que ni siquiera es un ser vivo, haya servido para recordar nuestra mortalidad, tanto a nivel individual como colectivo. Los más idealistas dirán que es la propia Tierra que nos ha dado un capón de advertencia, harta de nuestros abusos; otros dirán que es el simple azar, como lo fue el meteorito para unos dinosaurios. Me decanto por lo segundo, lo que resulta todavía más aterrador. Lo que me hace sospechar que poco o nada cambiará en nuestra sociedad, por mucho que hayamos recordado lo frágiles que somos.

El ser humano no es infinito, ni tampoco lo es (por mucho que nos cueste admitir) nuestro legado, pero está en nuestras manos decidir cuánto tiempo dura en la existencia. Occidente ha visto las orejas al lobo, aunque no sé si será suficiente como para asustarse de verdad y cambiar ciertos aspectos de su propia naturaleza.

Categorías Blog, Día a día

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