TÓCALA OTRA VEZ, MICHAEL

La carrera de Michael Jordan, el mito que forjó durante dos décadas, es la historia de una constante aprobación. En concreto, la de su padre James Jordan, quien marcó su vida tan fuerte que sin su figura nunca habría existido un competidor insaciable y demoledor como el de Jordan.

Ser el cuarto de cinco hermanos, y además el varón pequeño de una familia humilde de un pueblo perdido de Estados Unidos no es tarea fácil. Y menos cuando tu padre, que es un hombre recto y de los que se parte el lomo, no ve en ti una figura destacable. El que acaparaba la atención paterna era el hermano mayor, Larry Jordan; eso fue la primera piedra en la construcción de la personalidad de Michael, quien empezó a luchar con todo lo que tenía a mano para llamar la atención de su padre y ganarse su respeto. Aquella necesidad se incrustó en él, y guió todos los pasos que dio a partir de aquel momento, sobre todo cuando se dio cuenta de que en el deporte era dónde podía brillar con la suficiente luz como para que su progenitor se diera cuenta de su valía. Ese era el camino, esa era la forma de ganarse la admiración de James Jordan. Y toda la energía animal de Michael se concentró allí.

En The Last Dance sólo se dan unas pinceladas del origen psicológico de esa desmedida competitividad de Michael Jordan (de hecho la familia, más allá de su padre, sale muy poco), pero sin duda es la clave que explica toda la carrera baloncestística del que se considera el mejor de todos los tiempos. El documental ha aparecido ahora, en 2020 (y después de largas negociaciones de Jordan, que vio todo el material y fue quien decidió qué se emitía y qué no), y es gracias a que un equipo de la ESPN fue autorizada a documentar la temporada 97-98 de los Chicago Bulls (que terminaría siendo la última de Jordan), grabando en vestuarios, conversaciones personales, anécdotas y todo tipo de documentos gráficos a lo largo de los más de ocho meses que duró la competición de la NBA. Todos los capítulos muestran imágenes ya conocidas mezcladas con anécdotas íntimas, del día a día, que muestran hasta qué punto la necesidad de competir de Jordan rozaba lo enfermizo.

Volvemos a esa infancia de Jordan, esos años en los que se forjó su espíritu competitivo porque fue el único modo que encontró para acercarse a su padre. No podía conseguirlo con los estudios (cinco hermanos no dan para ello a no ser que seas algo exagerado), tampoco con las manualidades, en las que era más bien torpe (su padre no quería que se acercara al garaje en el que tenía un pequeño taller) y además quien destacaba era su hermano. Así pues, invisible para su padre, fue buscando esa escalera que lo sacara del pozo oscuro de lo irrelevante. Y fue cuando se topó con el deporte. A su padre le gustaba el béisbol y Michael comenzó a practicarlo, únicamente porque a James le gustaba: hasta ese punto llegaba la necesidad del hijo por obtener el reconocimiento de su padre. Luego llegó el baloncesto y viendo que podía realmente marcar la diferencia (y que su padre le prestara atención), explotó toda su competitividad para iniciar lo que ya es leyenda del baloncesto.

Michael Jordan junto a su padre, James Jordan.

Con el tiempo, la competitividad que nacía del querer que su padre le respetara se convirtió en competitividad pura, en un constante desafío contra uno mismo y en la necesidad vital de ganar. Jordan ya no concebía otra manera de jugar a baloncesto, y cualquier excusa, momento o circunstancia aleatoria servían como alimento a su devastador espíritu combativo. Nada era dejado al azar, todo se hacía para un mismo propósito. Tal era su sed, que de manera irremediable convirtió su figura personal en algo inaccesible, quizás como método de protección, para que nadie supiera sus debilidades (sobre todo sus rivales deportivos); del mismo modo, como compañero de equipo, se convirtió en alguien exigente a extremos insoportables. O lo dabas todo, incluso más, o él te ponía la cruz y no contaba contigo. Más de uno y dos jugadores empezaban las temporadas y en pocas semanas quedaban fuera de las convocatorias y se convertían en fantasmas. Jordan era un caballo indomable y si no eras capaz de seguirlo, aunque fuera a una distancia prudente, lo mejor era buscar otro prado en el que cabalgar.

Resulta más que evidente que The Last Dance centra toda la atención en Jordan, cuando se supone que es la crónica de un equipo. Quizás sea porque el propio Michael supervisó el montaje, pero también es una muestra más del alcance y la atención que él creaba. Él, que llegó a un equipo que era un circo al principio de los ochenta, lo convirtió en tal vez el mejor de la historia. Su sola presencia cambió el rumbo de toda una franquicia, atrajo a otros jugadores y consiguió que algunos de ellos fueran mejores de lo que hubieran sido en otras circunstancias. Y no porque Jordan te aconsejara, te ayudara a mejorar o se preocupara porque sus compañeros subieran de nivel; simplemente debías convertirte en alguien mejor si querías que él te tuviera en cuenta. Debías realmente destacar para que Michael se fijara en ti, para que te considerara digno de su atención. Como hizo su padre con él desde pequeño. De tal palo, tal astilla.

Dos anécdotas, conocidas por otro lado, pueden ilustrar hasta qué punto necesitaba forzar sus límites para que todo lo que hacía tuviera algún sentido (superada ya de forma inconsciente la búsqueda de aprobación paterna): el famoso capítulo en el que Jordan, al final de un partido, se inventó un trash-talking de LaBradford Smith para destrozarlo en el siguiente encuentro, y la ocasión en que George Karl (entrenador de los Sonics por aquel entonces) no le saludó en un restaurante, lo que se tomó como una afrenta personal y le llevó a jugar como un potro desbocado cada vez que se enfrentaba a Seattle para finalmente ganar el cuarto anillo (1996) precisamente contra ese equipo.

The Last Dance se ha convertido, por méritos propios, en un documental extraordinario que ha conseguido deconstruir la figura de Michael Jordan, dejando que muestre (un poco) cómo funcionó su espíritu competitivo durante su carrera deportiva. También, y quizás sin darse cuenta, hasta qué punto todo fue por ganarse el respeto de un padre que siempre fue exigente, y cómo esa figura paterna pasó de padre a hijo, quien lo aplicó a sus compañeros de equipo y en todos y cada uno de los más de mil partidos que jugó a lo largo de toda su legendaria trayectoria.

Categorías Blog, Cine

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