MASCARILLAS

Recuerdo la primera vez que llevé una mascarilla. Fue muchos años atrás, cuando visité a un familiar en el hospital y por razones de seguridad me tuve que tapar media cara, de nariz para abajo. Fue incómodo y por alguna razón me hizo sentir vulnerable.

Durante más de veinte años mi rostro sólo ha sido tapado por una tupida barba ―en algunas ocasiones más larga que en otra―, mientras que aquellas mascarillas ―las de mi recuerdo y las que veía en televisión o periódicos― resultaban algo ajeno, lejano y que nada tenía que ver conmigo; lo relacionaba con la enfermedad, con el peligro y con epidemias mortales. Más adelante, por viajes, con Japón o Corea del Sur. Llegó incluso a convertirse en un símbolo estrafalario, en algo que me causaba risa si no lo veía en un contexto clínico.

Hace apenas unos días, cogí el metro por primera vez en más de dos meses. Cuando llegué a mi trabajo, me pasé un buen rato reprendiéndome porque nada más entrar en el vagón, unos minutos antes, miré con malos ojos a una persona que iba sin mascarilla. No debería haberlo hecho, o tal vez sí; el debate estaba en mi interior. Pero mis pensamientos no iban tanto por el aspecto más literal de la situación, sino por algo profundo.

Más allá de que ahora mismo sea obligatorio su uso, mi reacción instintiva fue de rechazo porque de algún modo ya he interiorizado el hecho de llevar medio rostro tapado. No me importa el calor que da ―cada vez más acusado―, ni la incomodidad de estar pendiente de quitártela o no si vas a comer, a beber o si estás solo sin nadie alrededor. Tampoco me molesta que sea la señal inequívoca y más evidente de que estamos en plena epidemia, y que en los próximos meses la normalidad en la que hemos vivido toda la vida no será igual.

Lo que me molestó es ver hasta qué punto he asumido todo lo que ha salido de las autoridades, cómo he seguido a rajatabla todas sus indicaciones y no me he replanteado prácticamente nada. Soy un producto manejable, un individuo que demasiadas veces se deja llevar por las corrientes y eso, en el fondo, me molesta mucho. Por eso me cabreó ver a aquella persona sin mascarilla. ¿Estaba siendo insolidaria? Sí. ¿Pasaba de las indicaciones de las autoridades sanitarias? También. Pero mis vísceras reaccionaron por mí, yo era el objeto de mi propia rabia.

Me sé domesticado y en no pocas ocasiones no me importa. El adiestramiento social en el que vivimos es tan profundo que se nos educa en la propia manera de cómo sentirnos educados. ¿Soy culpable de ello? Sinceramente, no lo sé.

Estoy influenciado por todas partes, me llueven estímulos que condicionan mi día a día y me llevan por unos renglones concretos aunque crea que yo mismo soy el que elije. Pero no estoy obligado. ¿O tal vez sí? Sin duda tengo mi libertad de elección, ¿pero hasta que punto estoy escogiendo entre todas las posibilidades reales? Podemos hacer un símil con el panorama político: votamos en las elecciones a una serie de partidos que nos vienen dados, con unas personas concretas y bajo un marco estricto de reglas que no hemos inventado ni ayudado a hacer.

¿Por eso me enfado? ¿Por vivir en una falsa libertad de elección? Esa asunción tiene unas implicaciones tan profundas que es probable que nunca lo sepa ―hay argumentos a favor y en contra por igual―, o tarde años en averiguarlo, si es que tengo voluntad de hacerlo. ¿Me cabreo porque no me informé bien de cómo y cuándo usar la mascarilla? He de confesar que después de aquel encuentro, investigué debidamente: rebuscando por varias páginas web, leyendo de todo ―que si son reversibles, que si han de cambiarse cada dos horas, que si no protegen, que si te ahogan poco a poco― me he hecho un manual de uso de las mascarillas quirúrgicas a mi medida, siempre respetando las medidas mínimas de seguridad. En realidad no varía demasiado de lo que estaba haciendo, pero al menos ahora lo hago después de pensar, sopesar y diseñar mi propia manera de llevar la cara tapada.

Mis mascarillas son las que lleva la inmensa mayoría de la gente. Azuladas por un lado ―el externo―, blancas por el otro. En espacios cerrados la llevo puesta, en el transporte público y cuando hablo con otra persona. Pero he aprendido, también, que si dependo demasiado de ella sucumbiré al miedo y eso no es bueno. Porque mis mascarillas son el escudo para que no se vean mis temores; todos los tenemos, y en estos tiempos se han acentuado. Sin embargo no queda otro remedio que aplacarlos, domarlos.

He aprendido que no hay que llevar una mascarilla siempre: cuando hay dos metros de distancia, incluso en espacios interiores, no es necesario ponerla. He aprendido que es tan importante, o más, llevar una correcta y constante higiene de las manos ―lavarlas siempre cuando se toca algo, cuando estornudamos o tosemos, cuando entramos o salimos de cualquier sitio―, y tener una cierta rutina que es sencilla de seguir. Usar los guantes en momentos muy determinados, y no siempre ―si lo combinamos con la higiene, estamos cubiertos―, solo lo mínimo e imprescindible.

Un último consejo para quienes os hayáis sentido en alguna ocasión igual que yo: alejaos de los medios de comunicación, o al menos dosificad al máximo su uso. Leed poco, tal vez no todos los días, y aislad el foco de paranoia que supone estar pendiente todo el rato de  noticias, balances y números ―algunos apuntes di en otro artículo―; no olvidemos que la salud mental es igual de importante que la física. ¿Verdad que antes no estabais tan pendientes del ruido? Pues eso no lo cambies, no lo convirtáis en una nueva normalidad. Si en un futuro ―cosa probable― vuelvo a encontrarme a una persona sin máscara, mi reacción será distinta. Quizás ni me dé cuenta: estaré leyendo alguna novela interesante o escuchando música con los ojos cerrados.

Tal vez, un día de estos, sea yo el raro que llevará máscara cuando nadie más lo haga. Simplemente, porque me habré despistado.

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